Soñoliento me despierto,
creyendo que hoy tampoco habrá colegio;
qué desilusión cuando mi madre, sin remedio,
me manda a desayunar
y ponerme los guantes de invierno.
No sé qué plan se le ha ocurrido a ese dios conmigo,
pero no voy a ser un necio.
Un dolor de tripa y recuerdos nada amables
me escoltan mientras avanzo:
en la escuela no me espera más que aburrimiento.
¡Menuda secuela tan extraña!
La monotonía me invade,
la preocupación y el trabajo acechan,
y yo, harto ―casi, literariamente, reviento―.
A mí, ni vencido, hay quien me venza:
ni cansado de la vida
me detengo ni cedo ante ella.
¡Destino, haz lo que quieras! Seré libre,
aunque me encierres en nuevas celdas;
aún nadie ha logrado
que mi voluntad y mi libertad perezcan.
Porque nadie puede arrebatarme
la libertad de expresarme,
y es esta poesía
la que hace que la fantasía que invade mi cabeza
crezca, se expanda
y me salve cada día.
