Pésimo

No he parado, pues no puedo,
pero tampoco esperéis de lo que hago
los mejores versos ni sabiduría en prosa.

Soy apenas un niño que solo busca
respuestas, no talento…
¿pedís acaso
mil hazañas en tan poca cosa?

No, señores, eso es imposible:
no subiréis mi ego,
ni aunque lo necesite,
perdido en esta soledad pavorosa.

Soy mucho menos que vosotros,
y lo único ha sido que mi tristeza
me obligó a no mentir…
y la verdad es, por siempre, tan hermosa.

No soy más que el barrendero
que deja, sin duda, la acera caprichosa
mejor que mi cara el catorce de febrero;
además,
él tiene algo con que llenar su monedero.

Soy un niño marginado
que detesta el ego que rebosa
en los pasos de quienes lo rodean…

Estoy deprimido: no me leas;
mis rimas son tristes,
describen historias feas.
Será mi culpa
si usted se hiere.

No soy nadie importante, ¿qué quiere?
Solo una persona colmada de mediocridad
que con esto no pretende ser su héroe
ni que le lancen monedas o rosas.

Solo anhelo que alguien me comprenda:
quiero algo que cubra mis heridas abiertas,
además de esas vendas
que llaman hipocresía…
y no historias de amores.

Aspiro a ser su conciencia;
que estos versos
no juzguen apariencias, sino mentalidades.
No busque en mí:
busque usted sus sentimientos,
que seguro los tiene a millares.

Busque usted sus heridas
y puntos de flaqueza;
supere sus mocedades
y conquiste, por sí mismo, esas fuerzas
que le hagan sentir
que puede dar lo mejor de sí.

Y dé morada
a esos “sentires” de vivir
que entrevén eternidades
en este mundo finito, y hacen
que sus propios pensamientos
nazcan de lo que guarda
usted mismo en el corazón,
y no de falsos avatares.

Y, una vez logrado todo eso,
ríase de sí mismo para así
alcanzar el sueño que todo humano quiso:
estar conforme consigo y con su alrededor.